17 Madre y astróloga.
MADRE Y ASTRÓLOGA.
Fui madre muy joven, a los catorce años, fui una madre formal, responsable y estricta, como lo requería la Luna en Capricornio del pequeño Aries, sin intención, sólo seguía mis dictados internos. Cuando mi primogénito cumplió diez años, yo ya conocía lo suficiente de Astrología y se presentó ante mí una de las primeras pruebas que templaría mi práctica en el tema: en su mapa astral tenía una configuración, que llamarla desfavorable no abarca todas las posibilidades que un astrólogo puede imaginar, pero para la mente de una madre joven que estudia Astrología, puede llegar al suplicio imaginarlas.
Los libros que consultaba me dieron muchas interpretaciones, desde las más oscuras y terribles, hasta las más sublimes transmutaciones del alma, pero todas relacionadas con percances cercanos a la muerte. Podía ser física o simbólica.
Mis pensamientos y emociones pasaban días en un vaivén, desde los autorreproches, como “el que busca encuentra”, “sólo a mí se me ocurre estudiar Astrología” hasta reclamar a la Divinidad, pasando por la súplica de misericordia.
Era muy joven aún y me faltaba mucho por comprender de la vida. Pasaron algunos meses, muchas lecturas y reflexiones sobre éstas, para que regresara un cierto equilibrio a mi vida.
La cuestión a resolver no era cómo evitarlo, sino cómo aceptarlo y sentirse fuerte para enfrentarlo llegado el momento, o tal vez, ¿lo estaría enfrentando desde su nacimiento? Como me lo escribió mi padre “Te siento muy entusiasmada con tu criatura, sólo recuerda que es un alma vieja y trae su propio karma”
Comprender que el alma de los hijos tiene sus propias experiencias, sus propios desafíos y respetarlos, es quizá uno de los retos más grandes de ser padres. Resulta más fácil pensarlo y decirlo, llevarlo a la práctica es un trabajo de vida. Aprender a confiar en lo que sucede, a lidiar con la mente y las emociones, a buscar técnicas propicias como la meditación, contemplación y tener la certeza de que en cualquier circunstancia que se presente, se tendrá lo necesario para responder a lo que se requiera.
Creí que esa lección la tenía aprendida ¡qué equivocada estaba!
Años después fui madre por segunda vez, de un Sol en Piscis. Fue un trabajo de parto largo y doloroso, porque me empeñe en que naciera en un parto natural, hasta que el médico decidió hacer una cesárea de emergencia, cuando la Luna alcanzó por conjunción a Urano.
Al finalizar la cuarentena, Sol en Aries, a sus diecisiete años, sufrió un grave accidente que lo puso al borde de la muerte. Una Luna llena y otros factores importantes en su mapa astral, activaron aquello de lo que yo me enteré a sus diez años.
Decidir tantas cosas en esos momentos, como única responsable de su vida, mientras amamantaba y arrullaba a su hermano, fue una tarea ingrata que no deseo a nadie. La experiencia de uno, activaría profundamente la del otro, y activaría la de muchas personas. Llegó el momento en que no tuve leche para alimentar a mi bebé, esa fue una crisis lunar que psicológicamente trajo muchas consecuencias al pequeño. La leche regresó unas horas después, pero ya había dejado su huella uraniana en él.
Recibimos mucha ayuda, enfermeras, camilleros y personas que no conocían a mi hijo hacían cadenas de oración por él. Otros vinieron de otras ciudades a quedarse a cuidarlo durante la noche, otros donaban sangre.
Yo, como madre decidía, lloraba, oraba, como astróloga, buscaba razones entre las estrellas, ansiaba encontrar una certeza de vida, o de muerte, para acallar la incertidumbre. Revisaba los mapas astrales, los aspectos planetarios, analizaba qué energías estaban en juego. Era patético, pero me dio fuerza, fortaleció mi confianza y me elevó por encima de las circunstancias, observando todo, un día a la vez.
Revisando su carta, conociendo su esencia que no se rinde y considerando su reacción en terapia intensiva, cuando aún sedado, levantó su mano para alcanzar mi brazo cuando me despedía para ir a alimentar a mi bebé.
Una ambulancia lo regresó a casa, tres días después de que mi madre lo sanara espiritualmente en la cama de hospital donde estaba atado. Después de veintidós días hospitalizado, tres operaciones, veinte kilos menos, regresó completo, con zurcidos visibles por todo el cuerpo, pero completo. Dos meses después se puso en pie, tres meses después regresó a la escuela. Cuatro años después se independizó del cobijo familiar.
El pequeño Sol de Piscis, que vivió de cerca en sus primeros días el destino de su hermano mayor, echa chispas de vez en cuando conmigo, desde que era un bebé. Su naturaleza inquieta y poco común, que hace honores a su Luna en Acuario, me hizo buscar opciones de educación donde su conducta no fuera catalogada como un trastorno de atención con hiperactividad. Con una inteligencia superior al promedio y una herencia familiar autodidacta, resultó un reto para las escuelas más comprensivas. Desarrolló casi de forma empírica y con los elementos que tenía a su alcance un conocimiento de sistemas de computación y comenzó a trabajar a los trece años en un despacho.
Con mi ánimo educativo, participé en un proyecto para fundar una escuela “Waldorf”, que con el reto de no ser reconocida por el sistema nacional de educación, requería mayor compromiso. La filosofía que impulsa esta escuela toma en cuenta principalmente al espíritu y arte como la expresión de éste. Les ha servido mucho para transitar por la adolescencia con valores internos. Es imposible explicar aquí toda la filosofía puesta en práctica. Sólo haré notar que en su base, lo importante es el ser humano y su conexión con el espíritu y la naturaleza. Fue una buena escuela para mis hijos.
El más pequeño de mis hijos, Sol en Leo, al que amamantaba entre libros de Astrología, es de Luna Géminis. Su hermano mayor lo llamó “Risas” porque sonreía todo el tiempo. ¡Es un güero! dijo la enfermera en cuanto lo sacaron de mi vientre. Con su cabeza llena de rizos amarillos, sus sonrisas y con su gran empatía, goza de más confianza materna, en parte por ser el último, en parte porque tiene un carisma especial que demostró a sus diez años cuando por lógica astrológica, al ser de Leo y tener planetas en casa V, lo inscribí en un taller de teatro que lo llevó a participar en una muestra regional y en varias obras a lo largo de seis años. Ha sido también el que me pone a prueba cuando de ser madre se trata, quizá por ser el más pequeño, despierta en mí un impulso a sobreprotegerlo y a retenerlo un poco más, pero respetando mi manera de ser madre y la firme creencia de que tienen que evolucionar, con mucho esfuerzo, lo dejo ser.
Aprovecho aquí para contarte una sincronicidad astrológica, como muestra. Este par de muchachos nacieron con soles y ascendente complementarios y opuestos, el Sol de Piscis con ascendente Leo, el Sol de Leo con ascendente Piscis, una sincronicidad cósmica fabulosa, llevan una relación como hermanos muy agradable.
Estudiar los mapas astrales de los hijos, es una herramienta excelente para guiarlos en momentos importantes, para respetar su esencia, sus gustos, sus formas. Lo primero y más importante fue estudiar mi propio mapa para conocerme y para actuar con coherencia.
Ser madre y astróloga es desarrollar la capacidad de vivir la historia de los hijos y acompañarlos guiada por la luz que sus mapas astrales proporcionan. Durante años, en situaciones importantes o en crisis he tenido que desarrollar un grado suficiente de autocontrol para no transmitirles mis miedos e inseguridades y dejarlos en libertad de ser ellos mismos y brindarles la necesaria protección, y no sabré nunca si lo logré.
Estoy segura, de que como madre he cometido estridentes errores, así como grandes aciertos. Conciliar la labor materna con la práctica de Astrología, no es fácil. Requiere mucha confianza, un trabajo interno profundo, reconocer que son almas diferentes, respetar sus experiencias, decisiones y formas de ser, lo que ya es un trabajo propio.
Hace poco tiempo, el Sol en Aries me preguntó: - Madre: ¿Qué se siente tener tres hijos? - No sé cómo explicarlo, respondí. - Semanas después, le escribí:
Podría decirte que se siente como si te multiplicaras en tres miradas, como si escucharas los latidos de tu corazón retumbando en los suyos, con una música sutil, fresca, intensa a veces, serena otras, no importa la distancia, ni el humor.
Podría decirte que cuando las cosas se ponen feas, el hilo invisible que nos conecta, se agita y puedo ver lo que sus ojos ven y mis brazos crecen hasta donde se encuentran queriendo protegerlos como cuando eran pequeños.
Podría decirte que la garganta se endurece cuando la vida te hace testigo de sus problemas, y por amor, sabes que debes respetar las decisiones de su alma y tienes que someter a tus ganas de protegerlos y cuidarlos y resguardarlos, porque sabes, que el resultado les dolerá, pero también sabes que son sus propias batallas.
Podría decirte que es enfrentar tus propios defectos, tus errores, tus miedos, saltar al vacío, volverte red, callar tus sentimientos, gritar contra las injusticias, confiar en lo que sucede, equivocarte una y otra vez, aprender a amar incondicionalmente y condicionar tus actos y los suyos también.
Podría decirte que tienes que transformarte en la madre que cada uno de ellos necesita, tienes que ser fuerte y guiarlos por el camino la mayoría de las veces a tientas, porque nunca sabes cómo responderán, pero a la vez lo tienes claro.
Podría decirte que tienes que aprender a remendar heridas, del cuerpo y del alma, con medicinas extrañas, a dar baños de agua fría, a aplicar fomentos calientes, a limpiar malas energías con huevos, literal y metafóricamente, y saber cuándo es propicio cada remedio.
Podría decirte también, que aprender a confiar en su alma y en su destino puede ser lo más difícil, pues para eso tienes que confiar primero en el tuyo y luego en lo que les has enseñado, en tu ejemplo, con todos los errores que cometiste, con todo el dolor que les causaste sin intención.
Podría decirte que tu vida se magnifica porque, en cierto modo, caminas sus caminos, como si te extendieras por donde ellos pasan.
Podría decirte que contemplar cómo viven la vida, es un espectáculo maravilloso, porque ves lo que has enseñado enriquecido con su propia esencia, porque ves como descartaron los despojos de viejas formas caducas y avanzan con fuerza hacia la vida.
Podría decirte que tienes que saber el momento exacto de alejarte y alejarlos, para que sus pasos se dirijan a su propio camino, para no interferir en su desarrollo, pero a la vez tienes que estar cerca.
Podría decirte que cuando te das cuenta, en un momento inesperado, que se van haciendo hombres y que han aprendido a regular su comportamiento, asumiendo las consecuencias de sus actos, es entonces cuando, quizá algunas veces, puedes volver a dormir tranquila.
Podría decirte que tienes que inventarte modos para responder sus preguntas, y aún así, hay preguntas que no puedes responder, como esta, porque como la mayoría de las experiencias más poderosas de la vida, no pueden expresarse en palabras.

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