2 Una gran lección.

 UNA GRAN LECCIÓN.

Ahora les contaré otra increíble lección que aprendí con Lupita.

Con los papeles invertidos, mi madre como acompañante y yo como discípula, nos

presentamos en la clase. 

Llegamos temprano, como siempre. Me senté en la silla, cerca de la puerta de entrada a un costado de la cama, mi madre se sentó en la cama de Lupita. 

La maestra entró de lleno al tema y comenzó a explicar lo importante que son los pensamientos, porque son energía, y esa energía crea la realidad. Que estamos viviendo lo que pensamos antes. Nos explicó que cuando pensamos algo repetidamente, lo manifestamos y creamos todo lo que resuena con esa idea. Y que la intención, muchas veces no la tenemos clara, de ahí que es sumamente importante que nuestros pensamientos sean dignos, porque así también, con la práctica y disciplina necesarios encontramos la puerta al universo que la Astrología ofrece. Pero esa puerta no es accesible para todos, únicamente lo es para aquellos que sean puros de corazón y para los que se esfuercen lo suficiente para entrenar a su cerebro a comprender los secretos escondidos y preparar a su corazón para respetarlos y amarlos y también conocer la diferencia entre un deseo puro y las necesidades corporales, para sublimar la energía. De esa forma, también debemos cuidar y ejercitar la poderosa energía sexual, que yace en nuestro hueso sacro, cuyo nombre deriva de sagrado, para sublimarla en pensamientos y actos superiores.

En un tono muy serio dijo que cuando alguien pensaba mucho en el sexo y las bajas pasiones, presentaba reacciones físicas, una de ellas, era que podía sentir mucho calor en las nalgas y que éste aumentaba según la recurrencia de su pensamiento. Que podía subir ese calor y enrojecer su cara

- ¿Verdad Olga?, le preguntó a mi madre. -

A lo que respondió con un  casi imperceptible “sí”.

Mi madre me miraba mientras yo tomaba notas, como una de esas veces en las que se fija la vista para escuchar con más atención. Seguí con lo mío, giré la cabeza hacia Lupita.

Continuó la maestra, diciendo que ese calor era provocado por la resistencia a abandonar una vida superficial. Volvió a preguntarle a mi madre:

- ¿Me entiendes, verdad, Olga?

Guardó silencio, un silencio que era como una sentencia. Yo miré a mi madre, luego a Lupita, que seguía haciendo la pulsera, pero esta vez, mi madre no respondió. Se hizo un silencio incómodo, no dije ni una palabra, mi madre seguía callada, sólo me veía interrogante y su cara se iba poniendo muy roja.

Cuando menos lo esperamos, Lupita soltó una carcajada. Yo estaba desconcertada. Luego preguntó:

- ¿Qué te parece mi nuevo cobertor eléctrico, Olga?

Y siguió riendo con esa risa franca y fascinante que tienen las personas inocentes y  felices.

Yo no me atreví a reír, un poco por respeto a mi madre y porque no había comprendido del todo la broma de la maestra de Astrología, a la que veía con tanta solemnidad. Cuando mi madre se dio cuenta que Lupita, con mucho cuidado para que no lo notáramos, subía poco a poco la temperatura del cobertor eléctrico donde ella estaba sentada, empezó a reír en silencio, con su rostro sonrojado, la mirada entre interrogante e indecisa, y con su sobrepeso, su panza se movía de arriba a abajo, eso sí que me dio risa. 

La risa, el buen humor, fue otra de las valiosas lecciones añadidas a las de Astrología que me dio Lupita: tener buen humor, el humor contrarresta el desánimo, la tristeza y hasta el miedo. La risa transforma un ambiente rígido en algo suave, libera tensión, es contagiosa. Una broma convierte algo malo, en algo chistoso y rompe fronteras personales.

Una mujer de más de noventa años, que tenía que pasar sus días en una cama ortopédica, sin el privilegio de la vista, era tan feliz, gastaba bromas, transmitía sus enseñanzas, tejía pulseras. Mi corazón sentía el placer de su cercanía y deseaba parecerse a esa mujer feliz y sobretodo, lúcida hasta los últimos momentos. 

Con una mezcla de seriedad y humor, dejaba una huella en mí mente y mi corazón.  Paso mucho tiempo practicando para afianzar este principio en todas las áreas de mi vida. Si bien cierto es que una de las lecciones esotéricas más importantes, es la que nos dice que “el universo es mental”. Y en el Tarot Raider, el arcano mayor I, El Mago, simboliza la concentración de los pensamientos en los deseos, representados por las rosas del jardín. Es decir, si se concentra la suficiente energía mental en un pensamiento, es posible hacerlo realidad. De hecho, como lo dijo Lupita, la forma de vida que tenemos en estos momentos, la creamos con  nuestros pensamientos pasados. Si se desea cambiarla, hay que cambiar los pensamientos y desear lo correcto. Claro que esto no es todo, hay que conocer también otras leyes universales y saber emplearlas y emprender acción.

Ese día Lupita nos dió una doble lección. 

Alguna vez, me dijo, como lo hizo mi mamá también, que la Astrología podía darme la posibilidad de trabajar en mi casa y a la vez cuidar de mi hijo. También me daba consejos para educar a mi pequeño Aries, en ese entonces de seis años. 

Su presencia física, no fue suficiente para mí. Me gusta pensar que sigue por ahí supervisando a sus alumnos, que no fuimos pocos.

Después de que murió Lupita, mi madre me ayudó un poco, pero no tenía mucha paciencia para enseñarme. No me quedó más que convertirme en autodidacta. Memorizaba símbolos, significados, temas, pero todo era  muy técnico, leía los libros de mi mamá, que no entendía muy bien, tenía que buscar muchas palabras en el diccionario, pero sobre todo, no tenía mucha experiencia de vida. No sabía lo que era un divorcio, tener una enfermedad difícil o enfrentar la muerte de un ser querido. Sólo podía entender los símbolos y repetir sus significados, que ya era mucho.

Durante dos años, trabajé con mi madre, calculaba y trazaba los mapas astrales que le solicitaban y ella los interpretaba, sus honorarios eran muy altos aunque no constantes, la buscaban amas de casa, ejecutivos de empresas transnacionales, artistas, médicos, vecinos, comerciantes, etc. Muchos de ellos se convirtieron en grandes amigos con el paso del tiempo.

Los tránsitos de Urano y Saturno, que me llevaron a tomar clases con Lupita, no sólo me empujaron a la Astrología. Meses después, Urano trajo también rebeldía y ansias de libertad y Saturno me puso frente a la realidad:  no podría ser yo misma ni actuar con libertad si seguía bajo el ala de mi madre.



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