4 Tomar las riendas.
TOMAR LAS RIENDAS.
Seguí estudiando Astrología por mi cuenta. Para retomar desde el principio, decidí calcular y trazar mi propio mapa astral. Busqué mi hora de nacimiento en mi acta y empecé con los números. La sorpresa fue decisiva, murió un pesar en mí y nació una certeza. Mi madre me dijo que era de ascendente Aries, y el cálculo nuevo, arrojaba Piscis. Son signos con características muy distintas. Durante el tiempo que creí era de Aries, llegué a pensar que estaba completamente traumada porque no podía ser tan activa, ni entrona como pinta Aries, pero al darme cuenta de que había un error en el primer cálculo, me reconcilié con mi ascendente Piscis de naturaleza más tranquila y sensible.
¿Cuál fue el error? Confiar en la memoria. Mi madre no verificó mi hora de nacimiento en mi acta, recurrió a su recuerdo, sin embargo, nací de su noveno parto y obviamente, no lo tenía claro. Tengo la certeza de que ese aparente error fue importante para mi desarrollo.
Este episodio de mi vida me enseñó que no se puede determinar nada, ni en Astrología, ni en la vida, que es obligación de una misma revisar, analizar y comprender la información que cualquier técnica o profesional nos ofrezcan, usando nuestro propio conocimiento, sentido común y observación.
Gracias a la intervención de una gran mujer, Emma, amiga de la familia, que organizó una reunión entre mi madre y yo, casi dos años después de la última discusión. Se concertó una cita en casa de mi madre, platicamos mucho y nos pusimos al corriente de nuestras vidas. Cuando supo que seguí el camino de la Astrología, me dijo que la llevara al centro de Coyoacán, porque quería comprar un libro. Llegamos a una librería esotérica nueva, Nalanda, en cuanto entramos se dirigió a la sección de Astrología.
Yo estaba de pie en el pasillo del fondo de la pequeña librería que olía a incienso, con la música de Enya, “Shepherd Moons” (lunas pastoras), sonando en el ambiente casi de frente al gran ventanal, sentía la luz del sol que caía en una suave línea diagonal cubriendo mis tobillos y mis pies aprisionados por los tacones altos. Mi madre, bañada completamente por la misma luz, frente al librero que ocupaba todo el muro, siguiendo con su cabeza la punta de su dedo que acariciaba los lomos de los libros, recorría uno por uno, cuando encontraba uno indicado, lo sacaba y con desenfado, lo pasaba a su mano izquierda, como carrera de relevos, y con está lo ponía sobre las mías, yo, con un traje sastre azul marino, con mis brazos extendidos, recibiendo uno por uno. Con el peso de cada obra astrológica, recibía la conexión del pensamiento y los resultados del trabajo de grandes astrólogos. Al cuarto tomo, mi corazón pasó de un trote lento a una taquicardia, mi respiración se detuvo unos segundos, los necesarios para que mi mente comprendiera lo que estaba pasando, cuando se sintonizaron de nuevo, entreabrí la boca para tomar aire, mis hombros se alzaron con la bocanada y con la misma profunda aspiración la Astrología me tomó.
Los libros que recibí aquel día eran de una línea diferente a la que Lupita me enseñó. Una nueva visión astrológica me iluminaba, una que no determina nada, sino que toma en cuenta al ser humano, su voluntad, su responsabilidad, su libre albedrío. Que incluye los procesos psicológicos propios de la cultura actual. Que puede prever y pronosticar, pero no adivinar, ni determinar ningún hecho, porque en lugar de ubicarnos en una posición indefensa ante las circunstancias externas, según los planetas, nos hace partícipe y responsable de la dinámica que vivimos al considerarnos una manifestación de un instante en el universo.
Las influencias planetarias están ahí, y tienen muchas posibilidades de manifestación de acuerdo a cada individuo, todos estamos bajo este influjo, pero no todos reaccionaremos de la misma forma, además el universo y su orden sí acepta mutaciones, nuevas posibilidades, que pueden generarse en la consciencia.
Yo pude mantener en alto mi orgullo y no entrevistarme con mi madre. O rechazar los libros que me regaló, o aceptarlos y almacenarlos, o, muchas otras posibilidades. Ella pudo negarse a la propuesta de la reconciliación, entonces quizá yo estaría hoy ocupada en otras cosas, tal vez, en otro camino astrológico. Pero sucedió de esta forma, y la paradoja existencial que no he podido conciliar durante muchos años, es la de tener la certeza de que es mi destino y así tenía que suceder, o tendría que pedirlo extendiendo mis brazos hacia la luz.
Los humanos hemos dedicado muchas horas de vida para reflexionar sobre el destino. Que si es algo que ya está escrito ¿para qué preocuparse? Que si cada quien labra su destino, entonces hay que ocuparse.
Con tantas andanzas espirituales que recorrí desde el vientre de mi madre, mi reflexión en cuanto al destino, íntimamente personal, es que el destino existe, está determinado, pero no individualmente, sino que yo soy parte de un destino universal que quiere manifestarse de una forma determinada. Cada uno de nosotros tiene el derecho a elegir, si desea formar parte de una experiencia: de la vida misma siendo vivida por millones de conciencias, con libre albedrío, que entrelazadas, harán que el destino de la vida se cumpla. Es decir, para que se manifieste lo que el universo dicta, requiere de individuos que tengan dentro de sí un poderoso deseo que los lleve a usar su libre albedrío para ponerse en el espacio de tiempo donde la Totalidad se manifieste a través de ellos. Para ello es requisito imprescindible que el individuo, además de desearlo, lo pida.
Mi alma pidió de alguna forma participar en el conocimiento astrológico, con mi curiosidad, interés y voluntad, no me aparté del camino y me fue concedido, a través de la mujer que arriesgó su vida, con un noveno embarazo después de cinco hijos muertos por preeclampsias. Nací en el pasillo del hospital cuando mi madre esperaba entrar al quirófano para una cesárea, esa fue la primera manifestación de Urano opuesto a mi Ascendente, la primera vez que salí expulsada de un ambiente que me aprisiona.
Mi madre no me hacía de comer, ni me tejía suéteres, ni cuidaba a mis crías, ni siquiera tenía paciencia para darme clases, ella, como buena Sagitario, me alimentaba con libros, mantrams, gurús, filosofía, me empujaba a la aventura de la vida, aunque después se quejó de que mis “aventuras” fueran más allá de lo que ella creía conveniente. Cuidaba mi desarrollo interno mostrándome lo que a ella le había servido. Tuvimos, como toda madre e hija, muchos conflictos, años de diferencias y de coincidencias.
Algunas veces, en lugar de trabajar, dejábamos a mi pequeño Aries en su escuela y nos dirigíamos a la terminal de autobuses del sur de la Cd. de Mx. para abordar el primero que saliera a Tepoztlán, Mor. subir al cerro por lugares no autorizados, resbalar, caer, llenarse de lodo, meditar, comer en el mercado y regresar para llegar a tiempo por mi hijo a la salida de su escuela. Eran más que paseos o escapadas, eran auténticas aventuras místico-gastronómicas.
Quizá por lealtad familiar, quizá porque es mi destino, quizá por que me dieron ganas, o por caprichos de la vida, o por mis propios caprichos, nunca abandoné la tendencia jupiteriana de mi madre, que en busca de la verdad nos llevó por muchos caminos, disciplinas espirituales, senderos poco transitados, muertes de ideas y renacimientos de vida durante décadas.
Pocos meses después del reencuentro con mi madre, el mismo Júpiter, Zeus para los griegos, el que expande, que impulsa a cruzar fronteras y a crecer internamente a través del conocimiento, en su tránsito opuso al Sol en la casa del hogar, donde se encuentran las figuras masculinas más importantes, me enfrentó con la muerte de mi padre, a quien busqué cuando salí de casa de mi madre y no había visto en años, pero manteníamos contacto a través de cartas. También me mudé a otra ciudad bajo el cobijo del banco en el que estaba empleada. Pero nada salió como lo esperaba ya que Júpiter expande todo aquello que ya existe. Y yo no tenía idea de lo que existía dentro de mí.

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